Conjuro y espacio ritual

A través de los numerosos rituales religiosos presenciados, puede establecerse que siempre que el ngangulero está rezando o realizando un conjuro, éste utiliza toda su elocuencia, toda la fuerza de convicción de su lenguaje (oración es oratoria) y ayuda a la eficacia de su expresión mediante acentos, mimos, amenazas, gestos, y otros recursos propios y muy comunes del trato interhumano.

El espacio ritual para el conjuro
El espacio ritual para el conjuro

Se aplicaría un principio o ley universal en las religiones animistas que establece que se conoce como Ley de los deseos expresos, mencionada hace unos días en un artículo. Partiendo de este principio debemos agregar que no solo son la palabra, gestos y acción, lo que hacen que la fuerza de la palabra o Ndinga del ngangulero tome forma y materialice sus propósitos, sino que también s necesario que el escenario donde se desarrolla el acto del conjurar este en sintonía con el propósito de aquello que se conjura. Esto último aspecto es de capital importancia, de aquí que los nganguleros se tomen muy a conciencia el sitio donde haces sus conjuros y la forma en que estos están decorados y sean detallistas con cada unos de los elementos que están dentro de ese espacio ritual.

Sin embargo, cuando el ngangulero considera que el conjuro y la palabra son insuficientes, acude entonces a palabras, nombres y locuciones peculiares que estima como muy eficaces e irresistibles; se trata, pues, de fórmulas religiosas y tradicionales, consagradas por la experiencia mística o por medio de la revelación de los propios espíritus.

O’Farrill, refiriéndose a estas fórmulas, dijo lo siguiente:

“…quien verdaderamente conozca los nombres secretos de los difuntos o de los vivos, podrá dominarlos con efectividad, si emplea los vocablos apropiados o los instrumentos rituales en el orden, ritmo, tono, canto, tiempo y lugar requeridos, y con ciertos movimientos necesarios…”. Naturalmente, aprender todo esto lleva su tiempo.

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